Las heridas abiertas del infierno de Tlahuelilpan

El sombrero de charro de Emmanuel Mendoza lleva un año guardado en lo alto del armario. Se lo pone poco. Este jinete empedernido de 19 años y cuerpo delgado vive pegado a una máscara de silicona. Debajo de la sudadera azul, viste ropa especial de licra y, en vez de botas de montar, calza zapatos con plantilla para poder sostenerse de pie. Desde hace un año, cuando fue víctima del estallido de una tubería en el pueblo de Tlahuelilpan, no enciende el gas de la estufa. Tampoco los fogones de la cocina. Ve la tele, va a terapia y, al anochecer, se sienta al fresco junto a su madre. Mira el cielo y a veces piensa en aquella noche en que casi lo engulle el fuego.Seguir leyendo.

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